La frase del título es una variación de otra frase quizás más oída: “Si quieres saber quién es fulanito, dale un carguito”. La idea es la misma: muchos son los que se dejan conocer cuando reciben autoridad.

Un caso típico es el efecto “mostrador”. Vas a una tienda o establecimiento, y te topas con un mobiliario hecho para marcar la diferencia: vendedor, cliente. En muchos casos, si te fijas, hasta hay un escalón para que la zona del vendedor esté más elevada. Así te puede mirar por encima del hombro sin esfuerzo. 

“Craso error”, como diría un sobrino mío. El cliente tiene siempre la razón, y no al revés. Todavía espero con ilusión una tienda donde el mostrador sea para los clientes, y veamos a los vendedores corriendo de aquí para allá a nuestro servicio. 

La transformación del poder

Bueno, que me voy por los “cerros de úbeda”. El caso es que, podrán ser magníficas personas, pero desde que están detrás del mostrador, se convierten, como si se hubieran tomado una pócima o algo así. En más de una ocasión, llegas, y ni te saludan. Otra marca más del “macho dominante”; aquí mando yo. 

El poder saca lo peor (o lo mejor) de nosotros

Por supuesto, no siempre ocurre así. Hay vendedores y establecimientos geniales, que funcionan a las mil maravillas, y que te tratan como a un rey. 

El caso, y volviendo a la frase del título, es que el poder transforma, o corrompe, según el caso. Como dijo un famoso político:

El poder es el mayor afrodisíaco que existe

Henry Kissinger
¡Vaya! Ya se le olvidó que él estuvo en el lugar del chaval al que grita

La autoridad recibida desvela nuestras verdaderas cualidades. Piensa en el jefe que antes era empleado, en el nuevo presidente de la comunidad, o en el padrastro que llega a la familia. Puedes cambiar el ámbito, pero el hábito se repite. Desde que le pones un carguito a Pepito, empiezan los problemas.

¿Por qué sucede esto?

Se han escrito cientos de páginas para intentar explicarlo usando la psicología o la neurociencia, entre otras cosas. Sin embargo, creo que básicamente todo está relacionado con el por qué, el para qué, y el cómo.

¿Por qué? En muchas ocasiones, desgraciadamente, el por qué tiene que ver con la falta de autoestima. Como no nos queremos lo suficiente, pretendemos suplir esa carencia mandando sobre los demás. Los verdaderos líderes no desean serlo. Lo hacen por sentido del deber, por dar, no por recibir.  

¿Para qué? Aquí el problema es la percepción del cargo. Muchos creen que es la meta, el fin. Y ese es el problema. Un cargo no es el fin, sino el medio para lograr algo que antes no estaba en tu mano; no es la meta, sino el comienzo. Si antes te preparaste para alcanzar ese puesto, ahora debes seguir preparándote, y mucho más, para poder hacerlo bien.

¿Cómo? Una buena pregunta antes de ascender a alguien es: ¿Cómo ejerce la autoridad que ya tiene? Según lo haga, así seguirá siendo. Y es que, todos tenemos cierto grado de autoridad. Quizás tengamos empleados, hijos, alumnos, vecinos, hasta el gato cuenta. Y nuestro cuerpo también. ¿Cómo tratamos lo que se nos ha dado? 

Todos quieren ser amos y ninguno el dueño de sí mismo.

Ugo Foscolo (1778-1827) Escritor y poeta italiano.
Motivaciones sociales
Motivaciones sociales

En resumen, antes de dar o recibir un “gorrito nuevo”, piensa por y para qué se quiere, y cómo se usa el que ya se tiene.



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